Hacia finales del año 1949, un doctor muy allegado al padre Pío, recibió una carta de una señora cuya hijita se encontraba muy enferma. La niña cuya salud era excelente en un tiempo, ahora estaba reducida a piel y huesos, y parecía que no había medios humanos para salvarla. La niña fue encomendada
por su madre a las oraciones del padre Pío y ella también le imploró su bendición.

Esa misma noche que el doctor que recibió la carta, fue a ver al padre Pío: “Traigo una carta para leérsela padre”, dijo. El padre Pío respondió: “Me la puedes leer en alguna otra ocasión. Ahora no tengo tiempo”.

Pero esa carta no estaba destinada a ser leída en ese momento. A las pocas horas el doctor tenía que salir de San Giovanni Rotondo, para atender asuntos urgentes de su familia. Cuando regresó, encontró la carta en la mesita de la sala de operación. “Pobre señora”, pensó. “Realmente tengo que hablar con el padre Pío esta noche”. De hecho esa misma noche el doctor estuvo en la celda del padre Pío, sentado en su cama. Leyó la conmovedora carta y le preguntó: “¿Qué debo decirle? ¿Cómo le contestaré?”.

– “Fiat”, respondió el padre.

-“¿Qué?

-“Dije: ¡Fiat!”

Déjenme aclararles que la pobre niña estaba al borde de la muerte, cuando la carta fue escrita. El buen doctor sabía que ya había pasado algún tiempo desde que recibió la carta, y quedó bastante perplejo por la respuesta del padre. Tal vez pensó que las oraciones, en ese estado tan avanzado, no tenían ningún provecho. Pero el padre Pío entendió su disgusto y continuó: “Tal vez no sabes que todavía puedo orar por mi bisabuelo para que tenga una buena muerte”.

“Pero él murió hace muchos, muchos años”, respondió el doctor.

“Si, también lo sé”, dijo el padre Pío, “pero aun así, puedo orar para que tenga una buena muerte. Déjame explicarte esto por medio de un ejemplo. Ambos morimos, y afortunadamente por medio de la bondad y misericordia del Dios, estamos obligados a permanecer en el purgatorio por cien años. Durante estos años estos años nadie nos recuerda, nadie dice un Requiem o manda decir una misa por la liberación de nuestras almas. Los cien años pasan. Alguien piensa en el padre Pío que murió hace cien años. Y alguien se acuerda del doctor y le manda decir algunas misas. ¿Qué dirías de esto?”.

El doctor contestó: “Diría que es… ¡Volvió al pasado!”. “¡No!”, respondió el padre.

“No es volver al pasado, como dices. Para Dios el pasado no existe; el futuro tampoco existe. Todo es un eterno presente. ¡Esas oraciones ya han sido tomadas en cuenta, por lo cual te repito, que aún ahora, puedo orar por una muerte feliz de mi bisabuelo!”. La conversación termino aquí, y el doctor regresó a su casa en donde su esposa le mostró una carta que acababa de llegar. Era de la mamá de la niña enferma – la niña de quién hacía poco había hablado con el padre Pío. Le agradecía con palabras conmovedoras, porque su hija había empezado a mejorar.

Cuando la carta le fue mostrada al padre Pío, sonrío y dijo: “¡Fiat!”. ¿Realmente piensas que el Señor necesita tu burocracia? – ¿que alguien tiene que pedir una gracia o favor en un pedazo de papel y llevárselo al padre Pío?, etc.

Esta es una historia que verdaderamente nos ilustra mucho. Hay una moraleja muy importante aquí, y ésta es, que debemos orar siempre por los difuntos, aún por aquellos que han muerto hace muchos años, porque para Dios no hay ni pasado ni futuro, sino que todo es un eterno presente.